Prólogo
A diferencia de los numerosos artículos y volúmenes que se han publicado ―y que probablemente se publicarán a raíz de los acontecimientos del 11 de marzo y de la inusitada «campaña electoral» que acompañó a las elecciones generales del 14 de marzo―, este libro no es un ensayo sobre las tramas políticas que se activaron para cometer el atentado, los intereses que explican el silencio informativo de los grandes medios de comunicación o lo que se ocultaba tras las bambalinas de la mentira gubernamental. Tampoco se trata de un análisis geopolítico sobre la guerra de Irak y las redes del terrorismo internacional. Hemos decidido sumergirnos en las profundidades de la materia social y sacar a la superficie algunos trazos de la narración coral ―tejida a base de correos electrónicos, sms, imágenes, cuadernos de bitácora o comentarios en weblogs― que fue construyendo otra mirada sobre lo que ocurría aquellos días trágicos y extraordinarios, otro sentido, otra predisposición de ánimo frente a los acontecimientos. Una narración que, lejos de ser un añadido a lo que pasaba producía efectos muy concretos, impulsaba a la acción, desplazaba los imaginarios más allá de cualquier anteojera mediática, daba forma a lo que se veía y vivía entonces, lanzaba mensajes de rebeldía en botellas digitales para otras personas en búsqueda, escépticas frente a la versión oficial. Un relato que no fue una yuxtaposición de testimonios y observaciones privadas, sino una narrativa de sentido plural, compartida, que consumió y redujo a cenizas al final la arrogancia del Partido Popular. ¿Quiénes son, pues, los autores de este libro? ¿artistas, intelectuales, escritores, novelistas, es decir, quienes supuestamente detentan el monopolio de la elaboración de experiencia, la producción de sentido, la forja de relatos, la construcción de teorías? No, aquí quienes cuentan son los mismos que protagonizan los acontecimientos, aquellos que, mientras cuentan y narran, producen los hechos, determinan el curso de las cosas, viven en primera persona todo lo que ocurre.
El 11 de marzo y los días que siguieron han constituido, estrictamente, un acontecimiento, una irrupción en las secuencias de reproducción social -culturales, económicas, simbólicas- que trastoca las tramas de sentido, desafía las lógicas rutinarias y plantea un nuevo desafío a la imaginación y la acción política, una piedra de toque insoslayable para el pensamiento crítico. Casi 200 personas asesinadas, con toda la espectacularidad macabra que acompaña a las grandes cifras: 200 personas comunes ―estudiantes, currelas (con y sin papeles de residencia) del Corredor del Henares y Vallecas―, en un entorno también ordinario -las vías férreas y los vagones del Cercanías. Dolor y perplejidad, por tanto, ante lo excesivo e ilimitado -en términos éticos y morales- de un ataque terrorista sobre la población civil. Pero lo más extraordinario reside precisamente en lo más ordinario y la condición común de los asesinados multiplicó por todos sitios la onda que sacudió Atocha, El Pozo y Santa Eugenia. «Podíamos haber sido cualquiera» El 13-M tuvo también un carácter evidente de acontecimiento político, marcado por la fuerza política expresada excepcionalmente desde abajo. Mentir con cinismo de hierro sobre la muerte de casi 200 personas para rentabilizar el hecho electoralmente fue percibido inmediatamente como una ofensa intolerable. Como se coreó el 13-M frente a la sede del Partido Popular en Génova, justo en el momento en que Mariano Rajoy sugirió públicamente que los partidos políticos de oposición estaban detrás de las movilizaciones, «nos han convocado los asesinados». El «no a la guerra», instalado como un dato irreversible en la mente colectiva, ha hecho visible y palpable la precariedad de todo un orden mundial empeñado en la guerra, las medidas de excepción, la criminalización de la disidencia y las mentiras sistemáticas como estrategia de mando.
Varias décadas de una crítica social que giraba en torno a la idea de que los medios de comunicación habían colonizado enteramente nuestro imaginario aparecen aquí en entredicho ante un extraño renacer de los espacios públicos. No sólo la calle, los encuentros en el trabajo, la sospecha sistemática frente al gobierno en conversaciones extemporáneas de tú a tú, en definitiva, lo que siempre se destaca en los momentos de contestación social y los periodos revolucionarios, cuando la separación entre anónimos se funde como el hielo y comienza el diálogo entre desconocidos que reconocen de pronto algo común entre ellos También otra cosa, nada esporádica, que viene gestándose desde hace al menos una década: la construcción a través de las nuevas tecnologías de la comunicación, especialmente internet, de una nueva esfera pública, que puede llegar a operar con autonomía y efectividad frente a los monopolios mediáticos que dominan los flujos comunicativos de la sociedad. No existe esa determinación lineal y unívoca entre la comunicación dominante y la mente colectiva con la que deliran los poderosos. En marzo se trató de asediar todos los instantes de nuestra atención, llenar cada milímetro del espacio visual con imágenes que bloqueaban el pensamiento, infiltrar nuestro cerebro colectivo de consignas. No fue posible. La saturación informativa produjo efectos paradójicos que se revolvieron contra sus administradores. Miles de personas usaron las tecnologías de la comunicación como instrumentos para crear lugares comunes donde fuera posible discutir, pensar y sentir libremente.
He aquí desde luego uno de los enormes descubrimientos políticos de esos días: «sí se puede». Es posible ser afectados y modificados por lo que ocurre, pensar, sentir y actuar públicamente, con eficacia, intervenir en el curso de la realidad. Y sin orientación centralizada, sin una coordinación articulada por un vértice político. Por el contrario, fue el encuentro de la multitud de espacios y sujetos singulares, en foros y weblogs ―además, por supuesto, de otra variedad de lugares físicos y virtuales― donde empezó a agujerearse la presión del chantaje moral impuesto por medio de la apelación a un falso respeto a la sangre de los muertos que exigía no pensar, donde se pusieron a circular otras noticias e interpretaciones y se articularon espacios colectivos en los que contrastar las informaciones y deliberar colectivamente. El lenguaje, aplanado diariamente por rutinas laborales y convenciones mediáticas, recuperaba súbitamente toda su fuerza de apertura de posibilidades, elaboración de experiencia, desvelamiento de realidades, sacudida de los cuerpos, tentación a la acción. Desde esta perspectiva, nada más torpe y ciego que la teoría de la conspiración que asigna esta vez al grupo PRISA el papel motor de la convocatoria de las movilizaciones del día 13 y convierte a los sujetos activos en simples masas teledirigidas por «agitadores» e intereses ocultos. Salta a la vista la identidad esencial de esas tesis con los dogmas fundamentales referentes a los seres humanos y a la sociedad que son desde siempre los de las clases dirigentes: la apertura de la historia es una ilusión, la autoorganización social no existe, todo viene desde lo alto. Este libro parte más bien de la afirmación contraria: sólo desde esa multiplicidad de perspectivas, de foros de discusión, de encuentros moleculares tejidos en espacios más accesibles y amables que los grandes medios de comunicación, se pudo articular, primero como balbuceos y testimonios, luego como reflexiones y enunciados críticos, finalmente en actos y manifestaciones, esa exigencia de verdad que, literalmente, se encuentra en el origen del cambio de gobierno. Por supuesto que hubo medios de comunicación de masas que hicieron las veces de estación repetidora de los gestos desobedientes en la calle, pero el verdadero plano de creación, de pensamiento y de producción estaba abajo. Mucho más abajo. Ese plano, ese proceso colectivo, se pierde y olvida sistemáticamente en la sociedad del espectáculo, que nos presenta de manera inconexa sólo efectos superficiales, resultados. En este libro, por el contrario, hay una llave de acceso al código fuente de la producción de imaginario alternativo.
Hoy en día, es el poder excesivo de los medios de comunicación dominantes el que entra en crisis con la apropiación del espacio comunicativo por la gente, que a su vez se vuelve medio de comunicación. En este sentido, nos volvemos a topar de bruces con la luminosa fórmula que condensa el espíritu de la red indymedia, Don’t hate the media, become the media («no odies los media, transfórmate en media»). ¿Qué medio de comunicación puede ser más potente que el boca a boca en tiempo real, que decenas de miles de personas contando y transmitiendo la intensidad de lo que han visto y vivido en imágenes y cartas, correos electrónicos y por teléfono, en fanzines y libros, e incluso, los más virtuosos, vía sms? He aquí un verdadero desafío apasionante para los medios de comunicación alternativos: ¿cómo se co-producen imágenes y lenguajes que partan de los que manejan las propias experiencias de producción y autoafirmación para denominarse y narrarse a sí mismas? Es un dato que todas las «lenguas de palo» estallaron esos días hechas trizas, no sólo la propaganda gubernamental, sino los lenguajes autorreferenciales de las diferentes tribus políticas. Pero la comunicación social que se produjo entonces fue más encarnada que nunca, abrió mundos, alarmó los oídos de todos nosotros, activó imaginarios, gestos de rebeldía, puntos de encuentro. ¿Cómo estar a la altura de eso? ¿Cómo se impide la invasión y la privatización del espacio público comunicativo?
Este libro es un pálido reflejo de la potencia y la intensidad de lo vivido aquellos días. Pero al menos, ha querido ser también construido y producido por medio de esos mecanismos colectivos de cooperación y comunicación. Una convocatoria lanzada a las redes, a listas de correo sobre todo, nos ha permitido reunir centenares de comentarios, imágenes, testimonios, análisis ―de los que aquí publicamos sólo una muestra― realizados los días 11, 12 y 13 o los inmediatamente posteriores, y que en su mayoría fueron publicados en la www o circularon por correo electrónico. Sentimos una inmensa gratitud hacia todos aquellos que recogieron nuestro mensaje de auxilio ―no queríamos de ningún modo traicionar la heterogeneidad radical de voces, estilos, lenguajes, enfoques e imaginarios que se expresó en marzo― y lo reenviaron a amigos, parientes, amores, compañeros o conocidos. Potencia de la cooperación, alegría de la rebeldía común, memoria de los asesinados. El enemigo es la guerra, la política es nuestra.